lunes, 11 de febrero de 2013

Capítulo 9.

Me desperté sobre las once de la mañana y bostecé como un gatito. Al darme la vuelta, a mi izquierda, me encontré con Abdel, y besé su frente con suavidad, estaba dormido como un bebé. Me levanté sigilosamente y bajé las escaleras del apartamento. Caminé hacia la cocina y abrí la nevera, que Abdel había hecho llenar desde casa el día anterior, después de llamar a ese restaurante italiano en el que servían esa pizza tan rica y los spaghetti deliciosos. Abrí un envase con leche con ayuda de las tijeras y vertí algo más de la mitad en dos tazas y las puse a calentar en el microondas. Mientras se calentaban, me dispuse a preparar dos tostadas en la tostadora, que, al igual que el microondas y casi todos los objetos del apartamento, parecía muy cara. Abrí el microondas, cogí las dos tazas con leche y, con la ayuda de un cuchillo saqué las rebanadas de pan de molde y las puse en dos platos. Esparcí mantequilla y miel en las tostadas y metí una pequeña cuchara con cacao en polvo en cada taza, y coloqué todo aquello en una bandeja de plástico y madera que cogí con las manos para llevarla a la habitación de mi amor. Subí las escaleras con cuidado y divisé el cuarto en el que habíamos dormido, y a Abdel sobre la cama, dormido, con su linda y suave cara al aire y sus tiernos ojos bicolores cerrados. Me acerqué sigilosamente a la cama e intenté utilizar mi magia, que funcionó. La ropa de Abdel desapareció y aplaudí sin hacer demasiado ruido. Tapé la parte de debajo de su cintura, no quería que él se sintiese acosado. Miré su pecho. Unos abdominales marcados ornaban su vientre, que era lo justamente delgado para excitar a cualquier persona. Me acerqué más y besé su tripa con toda la ternura del mundo una y otra vez. Abrió los ojos y bostezó con suavidad. Levantó la sábana que lo cubría, miró su cuerpo desnudo y se sonrojó.
-¿Cómo...?
-Te la he quitado, con magia.-respondí con una sonrisa encantadora, de esas que le encantaban.
Miró de nuevo su cuerpo desnudo y luego a mí.
-Eres, somos demasiado jóvenes... ¿no ha... pasado nada?-preguntó cauteloso, casi horrorizado, a lo que yo contesté con una sonrisa divertida.
-Para nada, sólo me he entretenido viendo tu pecho y dándole besos.-dije, y deposité el último en el ombligo.
Sonrió y abrió los brazos. Dejé la bandeja con el desayuno en la mesilla y me refugié en ellos, que me abrazaron con cariño.
-Hoy vamos a ir a la montaña que hay a un kilómetro de aquí.-susurró en mi oído, y añadió.-Muchas gracias por traerme el desayuno, nos va a hacer falta.
Le respondí con un beso en la frente y nos sentamos juntos en la cama, comiendo las tostadas y bebiendo la leche con cacao. Cuando acabamos él me mostró un armario con ropa. Cogí un chándal, una camiseta y una sudadera que olía a él. Nos preparamos durante una hora, tomando todo lo necesario para el pequeño viaje y salimos de aquella casa.
-¿Vamos a coger el coche?-inquirí mirando hacia el monte.
-¿Para un kilómetro?-preguntó-No, ya te llevo yo.-dijo, y agitó los brazos, que se convirtieron en aquel aparato que yo tan bien conocía ya.
Sonreí y salté sobre su espalda. Me lo pensé un segundo y golpeé su culo riendo.
-¡Arre!-grité, y en unos minutos, a una velocidad lenta, llegamos a aquel lugar.


Sanne se volvió hacia donde se encontraba Trévil y le sonrió. Trévil le devolvió la sonrisa y ambos observaron a Ariana, que se encontraba comiendo unos malvaviscos delante de la improvisada hoguera que habían preparado. Ella les miró un segundo y después frunció el ceño.
-Me acuerdo de mi hermano.-dijo secamente.
Sanne se acercó a ella con intención de hablar, pero ésta la detuvo.
-Recuerdo que estábamos en un lugar algo oscuro, y yo estaba con él, y no podíamos escapar.-explicó, y una lágrima salpicó su mejilla.
-Lo que pasó es que te empujó para salvarse, querida.-dijo Sanne.
-No, no puede ser... él no era así... creo.-susurró la pelirroja muchacha, y hundió la cara entre sus manos.
Trévil sonrió y cerró los ojos. Buscó la mente de Ariana e inspeccionó en sus pensamientos el último recuerdo que guardaba de Abdel. Encontró gran variedad de recuerdos, pero ninguno posterior al momento en que la habían encerrado en el Cíbex. Susurró una palabras. Ariana no las podía oír. Eran palabras en forma de recuerdos. Ariana comenzó a ver cómo había olvidado lo que sucedió. Unos bandidos la habían secuestrado, lo veía, lo recordaba. Recordó cómo suplicó ayuda a su hermano, que la miró, esbozó una falsa sonrisa y la empujó con el pie hacia sus captores antes de gritar y salir corriendo de aquel lugar. Luego, todo se volvió negro.
Sanne avanzó hacia ella.
-¿Seguro que no recuerdas nada?-preguntó con una voz suave.
-S-sí, sí recuerdo... un poco. A...Adler me... me empujó. Me empujó para salir corriendo.
-Ahora se hace llamar Abdel. Creemos que es para alejar ese oscuro pasado en el que se portó como un cobarde. Nosotros te conseguimos salvar, pero un golpe en la cabeza cuando hacíamos alpinismo te hizo borrar toda tu memoria de golpe, menos lo anterior a ese acontecimiento que te marcó para siempre.
-Me tengo que ir.-dijo Trévil en voz alta. Guiñó un ojo a Sanne y besó sus labios con ternura. Luego se despidió de Ariana con algunas caricias en la espalda para reconfortarla, y salió de su campo de visión.
<< ¿Qué vas a hacer? >>-preguntó Sanne, utilizando para ello su facilidad para comunicarse telepáticamente.
<< Voy a destruir el Cíbex... y a lograr que el tonto de Abdel lo vea bien. Creerá que estoy matando a su hermana, y vendrá a nosotros. Entonces lo atraparemos, y lo utilizaremos para atraer a la chica. Luego, mataremos a los dos. >>-explicó, y rió de forma obscena, adentrándose en la oscuridad.
Sanne miró a Ariana. Parecía haberse calmado. La abrazo y susurró algunas palabras de consuelo.
-Tranquila, cariño. Te aseguro que Abdel pagará por lo que te hizo.-dijo, y esbozó una sonrisa al ver que Ariana también sonreía.-¿Estás mejor?-preguntó.
La chica asintió y la miró algo colorada.
-Esto... Trévil y tú...
-Oh, sí, somos novios. Bueno...-dijo Sanne, y se echó por encima de Ariana esparciendo un limpio aliento por su frente.-Si quieres...-comenzó a decir mientras besaba su nariz y, tras eso, colocaba su boca frente a la de la muchacha.-Si quieres, podemos compartirlo.-susurró, y besó su boca impulsada por una mezcla entre ternura y pasión.
-S-sí... como quieras.-dijo Ariana, extasiada.-Me encantaría.-dijo. Esbozó una sonrisa y respondió al beso de su nueva amiga con otro más duradero, acariciando la espalda de ésta y jugando con la lengua. Cambiaron de posición y se tumbaron, frente a frente.
-¿Has hecho esto alguna vez?-preguntó Sanne.-Ya sabes, besar a alguien.
-Creo que no... de pequeña besaba a mis padres y a mi hermano, pero esto es nuevo para mí.-susurró.-¿No he conocido a ningún chico o chica antes de... bueno, antes de perder la memoria?
-No, encanto.-respondió Sanne, y ambas se abandonaron en otro largo beso.


Sonreí al ver a Abdel, tumbado en la cama y roncando suavemente como si de un bebé se tratara. Aquel había sido un día muy movido. Había ido con Abdel al monte y había andado más de quince kilómetros cuesta arriba. Había sido difícil pero lo había logrado. Habíamos visto vacas, cabras, ovejas y caballos y, al llegar a la cima, un cervatillo se había acercado a nosotros.
Había sido un día maravilloso. Casi tan maravilloso como el fuerte y fantástico adolescente que dormía a mi lado. Le quité la sábana de encima del cuerpo. Tenía puestos unos pantalones de pijama, pero el torso lo llevaba desnudo. Besé repetidas veces su abdomen y su pecho al mismo tiempo que se lo acariciaba con la mano, asombrada por su dureza y por los abdominales que dejaba ver. Volví a taparlo con la sábana y miré el reloj que había al fondo de la habitación. Eran las tres de la madrugada, y no podía dormir. No paraba de pensar en el bosque que habíamos atravesado aquella mañana, el monte que habíamos subido y los bonitos animalitos a los que habíamos saludado, obteniendo como respuesta un murmullo de aquellos bellos animales.
Fui hasta la cocina y bebí un vaso de agua para humedecer mi garganta. Subí y me entretuve mirando los dibujos que había en la pared. Parecían cuadros, pero el que firmaba no era otro que Abdel. Al pasar por delante de la habitación en la que dormía éste, observé un pequeño cuadro con un marco no demasiado caro ni raro. Mostraba el dibujo de una montaña. Era la montaña más bella que había visto nunca. Parecía ser el monte al que habíamos subido esa mañana, aunque Abdel había eliminado el parking para coches y todo rastro de objetos que pudiesen dañar la pureza que rebosaba en aquel paisaje. Entré en la habitación y me tumbé en el lado de la derecha de la cama. Besé su frente por última vez y me acurruqué contra su pecho, sintiendo su aliento recorrerme la piel y su suave olor embriagar mis sentidos.
Me desperté dos horas más tarde al oír un grito de Abdel. Lo miré.
-Déjala... ni se te ocurra, no... ¡no lo hagas!-gritó. Estaba sudando y se agitaba en la cama. Lo zarandeé, intentando que se calmase, pero me apartó. No parecía ser consciente de lo que sucedía.

En ese momento tomé una decisión. Cerré los ojos y busqué su aura, su energía, su magia... su mente. Estaba ahí, sólo hacía falta lograr entrar en ella. Me encontré volando sobre Abdel y vi mi cuerpo tumbado a su lado. Me abalancé sobre mi amigo y entonces lo vi. Trévil, el inútil y estúpido de Trévil, tenía un objeto esférico en la mano. No era muy grande, pero tampoco era enano. Vi a Abdel a mi lado, aunque éste no se había percatado de mi presencia. Todo parecía irreal. Aquella estancia, Trévil... y sobre todo Abdel y yo, que éramos casi transparentes. Trévil miró a Abdel durante unos segundos.
-Tú te lo has buscado, y tu amiga también. No ha pasado una semana entera desde que te di un ultimátum, pero me gusta jugar a ser compasivo... y voy a eliminar tu sufrimiento de una vez por todas.-dijo y, ante nuestros ojos, lanzó la esfera con todas sus fuerzas contra el suelo, causando una pequeña explosión. Una gran nube de polvo blanco y azulado cayó por toda aquella sala, y vi el rictus de rabia y el rostro desencajado de Abdel, que miraba anonadado y con lágrimas en los ojos a Trévil. Entonces algo me impulsó hacia fuera. Me golpeé contra las paredes de la habitación en la que segundos antes habíamos estado tumbados, y en la que nuestros cuerpos seguían. Una ráfaga de algo que se habría parecido al viento de no ser porque no me empujaba sino que tiraba de mí me atrajo y caí sobre mi cuerpo. Abrí los ojos y miré mis manos, palpando mi cuerpo. A mi lado Abdel lloraba con la cara hundida en la almohada. Le toqué el hombro y me miró con ojos vidriosos, lagrimeando.
-Abdel... por favor, hazme caso, seguro que era un truco...-comencé, pero él negó con la cabeza.
-¡No es ningún puñetero truco!-gritó, y se levantó de la cama.-¡¡¡VOY A MATARLO!!!-bramó con fuerza, y abrió la ventana.
-Abdel, por favor...-gimoteé llorando también, pero él no podía escucharme.-por favor, no le hagas caso, no es real, lo presiento...-susurré, y vi por el rabillo del ojo cómo saltaba por la ventana y volaba tan rápido como podía hacia algún lugar desconocido.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Capítulo 8.

El hombre acercó su mano a un gran botón rojo, y el azulejo que estaba pisando se volvió de un color azul intenso. Al apartar el pie, se abrió como una puerta, y de ella salió, elevándose, una esfera del tamaño de un puño. La cogió y caminó hasta una sala, fuera de aquel extraño sótano. Allí lo esperaban varias mujeres, entre ellas una muchacha rubia que se acercó, lo besó y tomó la esfera plateada entre sus manos. Después, la insertó en un agujero del mismo tamaño que la esfera. Dio dos pasos hacia atrás, esperaron unos minutos y ambos entraron en una sala contigua. Allí había una joven de pelo rojo intenso de unos quince años, completamente desnuda y con un colgante casi plano con forma circular en el cuello. La muchacha rubia cogió unas prendas y, moviéndola, se las puso. Al terminar, la joven abrió los ojos.
-¿Dónde... dónde estoy?-pregunto con dificultad, como si no hubiera hablado en mucho tiempo.
-Estás en... mi casa.-respondió la rubia.-Este es Trévil.
-¿Y tú?-preguntó clavando sus ojos, negros como el carbón, en los azules de ella.
-Yo soy Sanne.-respondió.
-¿Y cuál es mi nombre?
-Tu nombre... tu nombre es Ariana.

Me desperté a las diez, con Altea pegada a mí, a mi izquierda. La miré y vi que estaba despierta.
-Hola...-dije con algo de timidez, y me esforcé por hacer lo que me había entusiasmado el día anterior. Cogí suavemente su cabeza con la mano derecha y besé sus labios de fresa, muy cálidos y húmedos. Sentí su mano coger la mía, y entrelacé sus dedos con los míos. A decir verdad, no había hecho eso muchas veces. En realidad, solo había salido con una chica anteriormente, y era Sanne, que me robó dos años de mi vida... pero bueno, ahí estaba Altea, y si no hubiera salido con Sanne, quizá no hubiese coincidido con Altea siquiera, o al menos de la misma forma. Jugué con los dedos de sus finas y delicadas manos, sintiendo la energía que cubría a mi amiga. Aquella sensación, la de estar agarrado a una persona con una conexión muchísimo más poderosa que la física... era inexplicable, sublime.
-Hola, dormilón.-respondió sonriendo.-una tal Argelia ha venido para ver cómo estabas y decirte que su madre ya se encuentra perfectamente.-dijo.
-Ah, sí. Su madre es la dueña de la frutería de debajo de mi apartamento en Bammental.
Altea asintió y me acerqué a besarla de nuevo.
-Por cierto, ¿qué es de Paula y su novio?-pregunté acariciándole el pelo mientras ella me daba una bandeja con un baso de leche y un zumo.
-¿Su novio? Dice que la ayudó porque le daba lástima y era una aliada. Al oírlo, Paula le dio una bofetada y él se marchó. Pero un chaval de unos catorce años ha estado coqueteando con ella y él sí le trata bien. Ya están de camino a Barcelona.
-Oh...-solté. La verdad, no sabía cómo alguien podía dejar así a una chica tan guapa y linda como Paula.
-Bueno, pero lo que importa es que ahora tú y yo estamos juntos.-susurro, y acarició mi mejilla-Ah, y ganaste la competición.-agregó, lo que me dejó sorprendido.
-¿Gané? Oh, pensaba que había perdido.-expliqué, pero de todas formas mis ojos se agrandaron, y mi boca se ensanchó, cuando vi un pequeño trofeo que, gracias al peso que eran capaces de calcular mis brazos, supe que era de oro macizo. En una de las cuatro caras del cubo de mármol que lo sujetaba se podían leer, grabadas en una placa plateada, las palabras “Abdel Swatchaky, ganador, por quinta vez consecutiva, de la vigésimo primera edición de la carrera de Huncks de Motnu”. Sonreí, eufórico, y abracé a mi amiga.
Dos horas después me dieron el alta y fui a la sala de espera, donde se encontraban Lay y Nora y, por supuesto, mi amada Altea. Su nigérrimo pelo caía tras ella, como el agua de una cascada, en una longitud de, más o menos, medio metro, y sus ojos brillaban más que Arturo, la gran estrella. A decir verdad, sus ojos, sus preciosos ojos, eran lo que más me gustaban de ella. Me recordaban a las nubes antes de regalarme su preciosa lluvia, que sonaba como la música al caer. Me recordaban al carbón, al vacío que se veía en su reflejo, a pesar de que una luz llena de vida se apreciaba en alguna recóndita parte de sus pupilas. Me recordaban a mi hermana, y me inspiraban pasión, confianza, seguridad y misterio. Podría decirse que eran los ojos negros más lindos del mundo. Cogí las maletas de Altea y su guitarra, que me colgué al hombro. Ella hizo ademán de quejarse, pero insistí, y ella desistió.
Caminamos hasta llegar a un pequeño poblado muy desarrollado, y esperamos a que el tren llegase hasta nuestro lado. Lay nos pasó un billete a cada uno de nosotros. Cuando subimos al tren, empezó el trayecto y nos rompieron aquella entrada tan bonita por la mitad. De todos modos me guardé el ticket en el bolsillo.
Altea se acurrucó en mis brazos y yo la senté en mis piernas mientras mis habilidosos dedos recorrían su cuerpo por debajo de la camiseta, acariciándole la espalda. La abracé y se quedó completamente dormida, en mis brazos. Lay y Nora sonrieron, se levantaron, se dieron la mano y se despidieron antes de irse a un camarote vacío. Suspiré, aquellos dos parecían conejos.
Sentí la cabeza de Altea en mi pecho, y también, y el frío del colgante que llevaba puesto yo. Lo aparté y fijé mi vista en él. Era un colgante normal, de forma circular pero plano. Si lo abría se veía la cara de mi hermana. Cuando empezamos a hacer cosas más serias para aquella empresa, supe que estábamos en peligro, y los dos acordamos llevar un colgante con la foto del otro por si estábamos en diferentes misiones, así nos acordaríamos el uno del otro. Cuando los de Fígtex encerraron a Ariana, podría haber tirado el colgante, o guardarlo en aquel pequeño baúl donde tenía todos los objetos importantes para mí. Pero llevarlo puesto alrededor del cuello me hacía recordar a mi hermana gemela, me hacía recordar a quién tenía que salvar, con mucha fuerza e intensidad.
El trayecto duró una hora y poco más, hasta que Sandra y Sara, las jóvenes que servían las bebidas, nos avisaron de que ya habíamos llegado. Desperté a Altea con tiernas caricias y besos y me reuní con Lay y Nora en la puerta. Nos aseguramos de no habernos olvidado dentro ninguna maleta u otro objeto, salimos del tren y comenzamos a caminar.
-¿No íbamos a tu apartamento, Abdel?-preguntó Altea mientras soltaba un suave bostezo y se estiraba.
-Sí, en dos minutos, cuando nos despidamos de estos dos...-respondí, y abracé a mis dos entrenadores.
Cogí la mano de altea y la llevé hasta un alejado garaje. Dentro se encontraba el coche descapotable que utilizaba cuando estaba por allí.
-Hala... ¿ese coche es tuyo?-preguntó mi amiga, con la boca abierta.
-Claro, este, una moto y dos aeronaves más.-respondí-Como ves, participar en las carreras y trabajar aquí me proporciona bastante dinero.-añadí, y metí en el maletero su maleta y la guitarra.
Se montó en el coche a mi lado. Me até el cinturón e inicié el camino hacia casa. Sonreí, extasiado, cuando Altea deslizó su mano por mi pierna mientras yo conducía, y más aún cuando la metió por mi pecho. Acercó su cabeza a mí y besé su boca fugazmente, sin apartar la vista de la carretera. Seguimos así, jugando, hasta que llegamos a Bammental. Al bajar del coche abrí el maletero y saqué todo aquello. Altea miraba todo con la boca abierta.
-Vaya... no puedo creer que todo esto sea natural... es precioso-dijo mirando a su alrededor, observando los grandes árboles que rodeaban la casa.
El apartamento estaba en medio de una gran parcela de césped perfectamente cortado gracias a la joven, llamada Charo, que se ocupaba de limpiar la casa y hacía las veces de jardinera, tres veces a la semana.
Cogí las maletas y su guitarra del maletero, y pulsé un botón en el pequeño mando que salió de mi brazo izquierdo. La puerta del garaje se abrió y el coche entró en él, poniéndose frente a los demás vehículos. Después, pulsé otro botón, y la puerta del garaje se cerró. Más tarde el mando volvió a su lugar en mi brazo, que volvió a adquirir la textura y el color del resto de mi piel. Altea me siguió hasta la puerta de casa y entró dentro conmigo. Caminamos hasta la gran habitación, con un estudio, un ordenador de última generación y otros aparatos, estanterías llenas de libros, películas y discos y una cama para una sola persona. Sonreí y apunté a ella con mi dedo, pero mi amiga apartó mi mano y lo hizo ella. Frunció levemente el ceño y la cama dobló su longitud. Asentí y la levanté en brazos después de dejar las maletas. Besé su frente.
-Has mejorado mucho.-susurré, a lo que ella contestó encogiéndose de hombros.
-He practicado.-respondió.
Esbocé una sonrisa y rebusqué en unos cajones hasta encontrar lo que buscaba, un pijama que parecía unisex de color azul turquesa. Se lo pasé y dejé que se lo pusiera mientras bajaba a la cocina. Como no había comida en la nevera, llamé a un restaurante italiano para que trajesen a casa lo que íbamos a cenar, que era spaghetti y pizza.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Capítulo 7

Me sentí como dentro de una burbuja de plástico. Casi insonorizada, podía escuchar el suave murmullo de las voces que probablemente chillarían, distorsionadas, como si se tratara de un móvil sin cobertura. Pero no les prestaba atención. No mientras entre mis brazos tenía la cabeza de Abdel, aquel pelo revuelto que no podía parar de acariciar, y aquel rostro manchado de ceniza que poco a poco iba mojándose de mis lágrimas. Respiraba, débilmente, pero respiraba. Y no sabía qué hacer para reanimarlo.
Todo había sido tan rápido... aquel beso improvisado, como la noticia estrella en el periódico. Como si absolutamente todo mi alrededor se hubiera fundido en un escenario cuyos únicos actores éramos él y yo, a pesar de no estar actuando, de que aquello hubiera sido real.
Respiré profundamente antes de volver a la realidad, cuando dos personas se aproximaron corriendo y gritando algo, algo que no pude entender porque el ruido del estadio me taponó los oídos, casi haciendo que me desmayara.
- ¡Altea! Altea, ¿cómo has bajado aquí? ¡Es peligroso! -exclamó Nora.
No contesté, solamente cerré los ojos haciendo que mis lágrimas se multiplicaran y cayeran en Abdel, como si se trataran de algún medicamento.
-Por favor... -supliqué, con un hilo de voz.- Salvadlo.
Pero otra parte de mí no quería que se alejara, quería que su cabeza descansara en mis rodillas y que mi voz, rota por completo, le susurrara al oído que todo iría bien. La impotencia de no saber qué hacer me consumía segundo a segundo, y Nora y Lay tampoco sabían cómo reaccionar.
De pronto, Nora me tendió un pequeño papel, como si se tratara de una carta de póker.
La miré con la pregunta escrita en el rostro, pero no me contestó.
Dejé de acariciar con una mano el pelo de Abdel, y la cogí. Y de pronto, la carta se iluminó. Noté como una extraña energía surgía de mi interior y se concentraba en la carta, y miré a Abdel. Por un momento me olvidé de todo lo demás, y concentré todas mis fuerzas en la carta.
Cuando no pude más, hice lo posible para que de la carta, por mis brazos, la energía pasara a la otra mano. Y cuando la luz nos cegó a todos durante más de dos minutos, sólo escuché una voz, conocida, que ansiaba escuchar con todas mis piernas.
- ¿Qué... ha... pasado?
Sin embargo, todo ocurrió muy deprisa. Me vi en un hospital, frente a él, que dormía con el respiradero bajo la nariz. Se me ocurrió algo y sonreí, acercando mi rostro a su pecho, escuchando los latidos de su corazón.
"-Sé que no puedes oírme, Abdel... pero es que de alguna manera necesito que sepas algo que probablemente sospeches ya. La verdad es que se me nota bastante cuando siento las cosas, así que es bastante obvio que todo el mundo ya se ha dado cuenta que eres como un héroe para mí, quien me salvó, quien me llevó por ahí, quien me hizo sentir especial por primera vez... si he de decirte la verdad ese primer beso que me has dado, lo he sentido. Han sido cuánto, ¿diez segundos? Diez segundos eternos que se han quedado grabados en mi mente. Como tu imagen. Ésa es precisamente la razón por la que creo que sí que sabes que... bueno, pues que me he enamorado de ti. Te quiero, y siento una especie de conexión contigo. Aunque lo supieras ya... supongo que decirte esto es un ensayo para la verdadera declaración que haré algún día. Cuando he bajado al estadio, tenía tu cabeza entre las manos, tu pelo, tus ojos estaban cerrados, pero respirabas, y cada respiración tuya era un latido que mi corazón hacía más tranquilo. Así que... te amo, Abdel. Te amo como a nadie. Y realmente no sé esperar el momento de volver a ser una persona, de fundirme en tus labios y volar, sencillamente sentirme en las nubes. Te quiero. Te quiero mucho.
Entonces me alcé la cabeza, y deposité un pequeño beso en sus labios. Sentí su respiración y aunque él no reaccionó, conseguí fundirme con él una vez más. Después, lo abracé, y me quedé dormida en su pecho. 

Salí de la habitación con cuidado de no hacer ruido. A mi derecha pasó una joven algo más mayor que yo, y por poco doy un salto. ¿Qué hacía ella allí? La observé con atención, agradecida de que no me hubiera visto. Aquella chica rubia era una enemiga. Era la encargada de vigilar la celda, o al menos hasta que Trévil nos llevó de malos modos a nuestra celda. Los había visto besándose en el momento en que se vieron. Di un pequeño alarido y eché a correr en dirección contraria, a la derecha, sorteando a un par de médicos que me miraban escandalizados. Volví a girar y me choqué con Nora, que iba leyendo unos papeles.
-Altea, ¿por qué tanta prisa?
-Nora, tengo que hablar contigo, es muy importante.
Me miró, se giró un momento y volvió a fijar su vista en mí antes de asentir.-Hay una cafetería abajo, acompáñame y cuéntame eso tan importante.
La seguí, mirando a toda la gente con la que me cruzaba, en su mayoría trabajadores del hospital. En mi cabeza había demasiadas cosas botando. Abdel me beso, subió a su nave... recordé de nuevo cómo veía, en la gran pantalla del estadio, a los trece competidores. Recordaba a Abdel, tan guapo con ese traje negro y rojo de carreras, y su cara, perfecta y suave, mirando hacia delante..., a mi memoria vino el momento en que acelero, y yo le estaba viendo lo más cerca posible, tras bajar por entre los asientos. Veía cómo el trasto volante del chico más perfecto del mundo echaba unas chispas, cómo cruzaba la meta... y explotaba en mil pedazos. Imaginé la cara que debí de poner cuando algo en mi interior gritaba. Algo en alguna parte de mi pecho, algo caliente. Por fortuna, el conjuro que murmuré sin estar muy segura de su funcionamiento hizo que Abdel sobreviviera.
Bajé las escaleras siguiendo a la joven y entramos por una puerta de cristal en el local. Me senté en una mesa, junto a Nora.
-Cuando quieras.-me apremio.
-Verás..., cuando estaba presa de Trévil-empecé, musitando con amargura y algo de miedo su nombre-hubo una chica enemiga que parecía ser su novia. Era la encargada de vigilar las celdas, aunque se fue en cuanto llegamos. Y bueno, creo...-balbuceé.
-Adelante.
-La he visto hoy. Aquí, en el hospital, al salir de la habitación en la que Abdel estaba dormido.
-Dormido no, en coma. Esa mujer... ¿cómo iba vestida?
-Tenía zapatos marrones, y un tatuaje en la pierna izquierda. Era una especie de dragón verde...
-Sanne.-interrumpió, con rabia.
-¿Sanne? ¿Quién es Sanne?
-Trabaja en nuestra sede. Estuvo saliendo con Abdel, y hace poco era la encargada de vigilar el aeropuerto por si aparecían enemigos. Ahora comprendo dónde estaba las veces que creíamos que nos estaba ayudando. Es una espía. Gracias por la información, haremos algo al respecto. Tú, mientras, ve a cuidar de Abdel.
Asentí, me levanté y caminé durante unos minutos hasta la estancia en la que dormía mi amigo, la habitación número 171. Me sentía bien por haber ayudado a descubrir a una espía. 

Pero hubo algo más que me golpeó por dentro. ¿Abdel estaba en coma? Entonces..., si era cierto, y si era verdad que los pacientes en coma escucha, oyen y entienden lo que pasa a su alrededor, mi amigo había oído la declaración de amor que le hice...
En ese momento me derrumbé. Pensaba que no tenía nada de lo que preocuparme, porque allí estaba Abdel, y me sentía acogida cuando estábamos juntos... pero no estaba preparada para contarle lo que sentía. De pronto se me ocurrió que quizá pudiera comunicarme con él de algún modo, por telepatía.
<< Abdel, ¿Puedes oírme? >>-pregunté con el corazón a mil latidos por segundo. No respondió, y volví a intentarlo. Esta vez sentí que me estaba escuchando. No era como si me diese que sí mentalmente, sino más bien como si en un paso de cebra el semáforo se pusiera en verde. No era mucho, pero bastaría. En ese momento me llegó una imagen a mi cabeza. Era de una cama.
<< ¿Quieres... que me tumbe aquí, contigo? >>-pregunté. De nuevo un semáforo en verde. Así que destapé su sábana tras quitarme el jersey, quedando en camiseta, y me acosté a su lado, acurrucándome junto a su cuerpo, a su derecha. Volví a pensar en todo lo que había pasado, y no pude evitar darle un beso en la mejilla y acariciar su pecho y su pelo. Al menos hasta que se abrió la puerta y entró una enfermera de piel oscura que empezó a gritarme en francés.
-¿Qué? Sólo le estaba abrazando.-dije, pero ni ella ni las dos chicas y el hombre que venía detrás me entendieron. Resignada, salí de la habitación, ya segura de que le iban a sacar del coma. Aquello era solo una muestra de lo que podía hacer la avanzada tecnología de esos hospitales. Esperé unos minutos caminando en círculos hasta que la puerta de la habitación número 171 se abrió y salieron el doctor y las tres enfermeras. Sin embargo, Abdel no estaba con ellos, por lo que entré en la habitación. Mi amigo estaba tumbado en la misma posición que antes, solo que su cara-me di cuenta de que me excitaba mucho su barba de tres días-reflejaba mucha tranquilidad y sus suaves labios esbozaban una sonrisa. Me incliné para besar su frente y en el mismo instante en que mis labios rozaron su piel, oí gritos justo abajo, pero fuera del edificio. Salí deprisa, giré hacia la izquierda y me metí en el ascensor. Un hombre joven con la cara pálida que parecía sedado me sonrió y empezó a besar la pared del ascensor.
-No podemos ser amigos, lo sabes, ¿verdad?
Afortunadamente el ascensor llegó abajo antes de que aquel hombre cometiera otra locura y abandoné el ascensor rápidamente. Salí del edificio y vi una furgoneta blindada rodeada de personas. Reconocí a Nora, a la derecha de un hombre maduro de unos cincuenta años, que miraba a la chica que había visto pasar por mi habitación de Abdel, la espía. Dos hombres de negro la sujetaban. Me acerqué y oí la voz del hombre mayor.
-...y en esta empresa no toleramos las agresiones físicas ni el contrabando de armas, especialmente con Fígtex. Sanne Montardre, quedas expulsada de nuestra empresa. Serás enviada a la sede de Fígtex, en Bretaña.
Miré a la joven, que agitó su melena rubia y fijó sus ojos azules en mí.
-Y tú, chica ´´elegida``, deberías saber varias cosas de tu chico, Adler, que disfrutó matando a criminales que ni siquiera habían hecho nada para merecer ese título.-dijo, y soltó una carcajada histérica. Los hombres de negro la metieron en la furgoneta, esposada.
Me sentí desfallecer por lo que había dicho aquella harpía, y me habría caído de no ser porque Nora me sujeto y me abrazó.
-Tranquila, Altea.-me susurró al oído.-Quizá deberías ir a la habitación de Abdel, se habrá despertado con esos gritos.
Asentí y me encaminé hacia la estancia de mi amigo. Toqué tres veces con los nudillos y escuché un ´´adelante`` como respuesta, por lo que giré el picaporte y entré. Allí estaba él, sentado en la cama. Noté que una lágrima le resbalaba por la mejilla izquierda. Me acerqué y cerré la ventana, desde donde vi que no quedaba nadie en el lugar de los hechos. 
-Es verdad.-musitó.
-¿El qué es verdad?
-Es verdad que... bueno, que... maté. Pero no sabes toda la historia. Siéntate.-pidió, y obedecí, dándole unas palmadas en la espalda.
-Escucha, Abdel, no me importa lo que quiera que hicie...
-No, Altea, escucha tú. Fue hace muchos años. La empresa que mató a mi familia nos obligaba a mi hermana y a mí a acabar con la vida de gente que molestaba a su gran colectivo de matones y asesinos. Durante unos años lo hicimos, pues nos habían entrenado para eso desde los cinco o seis años, y no sabíamos la gravedad de la situación. Pero comencé a darme cuenta de lo que hacíamos, para quién lo hacíamos, y de que quienes nos obligaban a ser sus sicarios eran las personas que habían matado a mis padres. Así que en una de esas misiones, busqué ayuda. Pero los que nos la concedieron resultaron ser los de Fígtex, que quisieron hacer lo mismo con nosotros. Así que nos negamos, y nos intentaron encarcelar. Pero mi hermana Ariana recibió un golpe en la cabeza a traición, y cuando quise ayudarla, una esfera de luz la envolvió y desapareció. Habían creado el Cíbex para una ocasión especial y querían probarlo con nosotros. Y a mí me cortaron los brazos con una extraña arma, una espada que desprendía luz y claridad. De modo que, antes de que me mataran, corrí y juré vengarme de aquellos malnacidos. Al destruir parte de aquella prisión, encontré a unos hombres que iban allí para sabotear unos planes de la empresa. Uno de ellos me ofreció un lugar seguro para dormir y entrenar mis facultades para algo que no fuera matar cruelmente, y acepté. Les conté todo lo que nos había pasado a mí y a mi hermana, y ellos la buscaron. Yo me quedé con Nora y Lay, que aceptaron ser mis tutores para aprender a usar la magia, algo que habían adivinado que Ariana y yo teníamos. El pelotón llegó sin noticias de mi hermana. No sabían dónde se encontraba. Desde mis doce años crecí y aprendí técnicas para utilizar espadas Geiht, algo que me sería muy útil para apresar a magos que las utilizaban para hacer el mal. También me enseñaron a utilizar la magia, que servía para luchar contra otros magos y para utilizar la naturaleza a mi favor, pero sin abusar de ella. Laimen me implantó unos brazos metálicos que podían cambiar de forma a mi gusto, y también eran aptos para competir en carreras de Hunck. A los doce años me dieron mi primera carta y las cuatro elementales.
-Yo... siento lo de tu hermana.-dije cuando Abdel acabó de contarme su historia.- Y lo tuyo también. Pero tienes que darte cuenta de que aprendiste que matar no está bien.
-Pero disfruté haciéndolo, Altea.-replicó, y las lágrimas cayeron de sus ojos de dos colores.
Me senté a su izquierda y lo abracé, igual que abrazaba al osito de peluche que mi padre me consiguió en unas barracas. Apoyé su cabeza en mi pecho y le susurré algunas palabras al oído, consiguiendo que se calmara, incluso que sonriera.
-Sabes, Abdel, por más que tú lo pienses, no eres mala persona. Eras solo un niño cuando te obligaron a matar a toda esa gente. Si a un niño le enseñas que mentir está bien, mentirá felizmente, y eso es y siempre ha sido así. Pero tú tienes una conciencia y buenos valores. Y yo te quiero porque eres como eres.
-Eres una gran persona, Altea. Y tu declaración de amor... me ha gustado mucho. Y siento exactamente lo mismo.
-Entonces, no hay más que hablar... mi amor.-susurré, y besé sus labios.-Vaya, todavía tienes algunas magulladuras.
-Sí, los médicos han hecho un gran trabajo con mis heridas, y ya estoy casi como nuevo, pero tengo que estar hasta mañana aquí.
-Espérame un minuto.-le pedí, y salí de la habitación. Caminé hasta llegar a la sala de espera, conde estaba Lay, el entrenador de Abdel y a su vez mi antiguo profesor de guitarra, desde hacía casi un año.
-Altea, ¿cómo te encuentras? Nora me ha dicho qué...
-Sí, per tranquilo, estoy bien, Abdel me lo ha explicado todo. Venía a por mi guitarra. Nora dijo que habías conseguido mis maletas.
-Sí, y tu guitarra está por aquí.-apartó unas bolsas y me tendió la guitarra acústica, dentro de la funda negra.
La tomé por el asa y salí corriendo hasta llegar a la habitación número 171. Entré sin llamar y me senté en una silla.
-Quiero cantarte una canción. La he compuesto hoy, justo después de que terminases la carrera de Huncks.
Me senté en una silla frente a la cama y miré a Abdel, sonriéndome, antes de empezar a cantar. No recordaba bien la letra pero, de algún modo, salió por sí sola.

No fui, no supe,
canté, y no cupe,
en este mundo recortado.

Papel, desgastado,
una lágrima en el costado,
sin miedos al preocupe.

Y siento que mi alma se apodera de mí,
mientras los sentimientos me hacen ser feliz,
y aunque haya algo que me haga dudar,
ahora estoy segura de que tengo que amar.

Soy,
un ciervo volador,
un árbol corredor,
tres mariposas, cuatro rosas,
en esta habitación;
soy lápiz sin perdón,
soy miedo de un peón
aunque todas estas cosas,
son mi corazón.


¿El qué? Pregunté,
sin más, me hallé,
aquí, a tu lado.
Cerré, aparqué,
creí en el creer,
y ahora te he besado.

Y siento que tus besos se apoderan de mí,
mientras los sentimientos me hacen ser feliz,
y aunque haya algo que me haga dudar,
ahora estoy segura de que tengo que amar.

Soy,
un ciervo volador,
un árbol corredor,
tres mariposas, cuatro rosas,
en esta habitación;
soy lápiz sin perdón,
soy miedo de un peón
aunque todas estas cosas,
son mi corazón.


A pesar de lo que perdí,
mi mente a ti abrí,
y sonreí...

Soy,
un ciervo volador,
un árbol corredor,
tres mariposas, cuatro rosas,
en esta habitación;
soy lápiz sin perdón,
soy miedo de un peón
aunque todas estas cosas,
son mi corazón.

Cuando acabé, Abdel me miró y sonrió.
-Cantas muy bien.-dijo, y me ruboricé.
-Es lo que hace el que nadie te escuche mientras tocas la guitarra.-expliqué, pensando en las pocas veces que mis padres me habían oído tocar. Es más, mi padre sólo lo había hecho una sola vez hacía cinco años, ya que su trabajo lo impedía. Me encogí de hombros y metí la guitarra en su funda.
-Aunque no te lo creas, Altea, aún tengo mucho sueño.-admitió sonriendo. Solté una carcajada y me tumbé a su lado, besándolo por enésima vez, y abrazándonos mutuamente hasta que Morfeo nos acogió en sus brazos.

miércoles, 20 de junio de 2012

Capítulo 6


Me sentí más pesado a medida que la nave aumentaba la altura sobre la que se elevaba y la velocidad a la que nos movíamos. Moví mi asiento entre las múltiples ranuras del suelo. Aquel laberinto de grietas en el que estaban incrustados nuestros asientos permitía que nos moviéramos fácilmente sin levantarnos ni correr grandes riesgos, pues, si la nave daba un giro o se sacudía por un movimiento brusco, el asiento, o al menos la metálica barra que lo sujetaba, se adhería a las esquinas de las grietas, agarrándose a pequeños agujeros mediante finos trozos de hierro.
Avancé hasta el mueblebar y empujé la puerta con suavidad. Sonó un ligero ´´click``, y esta se abrió. Insertadas en fundas se encontraban varias botellas, aparentemente refrescos, que tenían el símbolo de Fígtex en la etiqueta. 


Unas tenían un líquido parecido a la coca-cola, otras estaban llenas de líquido azul, y las otras tenían una substancia verde, como si fuera agua de colores. Cogí una de estas últimas y la abrí. Acerqué la botella a mis labios. El líquido obsequió mi paladar con un sabor dulce muy fuerte imposible de describir. La terminé y me deslicé con mi asiento hasta el lugar del copiloto, ocupándolo. Aquella bebida debía de tener algún componente alucinógeno, porque comencé a ver diminutas manchas amarillentas y marrones. De pronto, una roca luminosa se plantó frente a la nave.
-¡Cuidado!-exclamé, y golpeé el volante para girar la nave. Está choco contra la roca por el lateral derecho, haciendo mucho ruido.
-¿Por qué has hecho eso?-inquirió mi tutor con el entrecejo fruncido y una expresión dura en el rostro, y tomando el control de la aeronave de nuevo.
Le lancé una de las botellas que había cogido y, al beberla, exclamó un sonido indescriptible.
-Eso que ves son obstáculos. Los pondrían haber colocado con magia para evitar cosas como esta.
Al instante, más rocas luminosas aparecieron ante nosotros. Muchísimas más. Notaba cómo a Lay le era casi imposible pilotar aquel trasto, tanto que en en tres ocasiones estuvo a punto de echar a perder el vehículo volante. Y desde más de dos kilómetros de altura, no era aconsejable andar jugando, aun teniendo de nuestra parte mis brazos. Intenté desabrocharme el cinturón, pero al no poder por la excitación y el nerviosismo, agarré el asiento sobre el cual me sentaba y lo arranqué del suelo de la nave. Nora y Lay me miraban sin comprender. Me acerqué a este último.
-No esquives las rocas.-ordené.
-Pe...
-No esquives las rocas.-repetí.
Él se encogió de hombros, se tapó los ojos y apartó las manos del volante. La primera masa pétrea, iluminada por un extraño color verde, impactó contra el cristal delantero de la nave, enfrente nuestro, causando un estruendo que solo Nora, que había bebido una botella del mueblebar, él y yo podíamos oír. Pero el cristal no se rompió delante nuestro, ni se movió la roca. Única y exclusivamente, desapareció. Con un gesto de triunfo agrandé mi brazo tras hacerle perder su color humano, y coloqué mi metálica mano derecha en la cerradura de seguridad de la puerta antes de pulsar un botón de mis botas. Estás se pegaron al suelo, y la puerta se abrió con un ruido sordo. Salté al exterior y cerré la puerta. Mis botas se pegaron a la cubierta, y caminé hasta encontrar el ala derecha de la aeronave, a unos metros. Como había previsto, el ala estaba intacta, y no había ningún rasguño en la nave. Me fijé en una minúscula caja azul escondida debajo del ala al pasar por debajo para comprobar la metálica superficie pintada con números blancos, y la agarré con cuidado de que no se cayera. La abrí cuidadosamente, apretándola con suavidad. En el interior sólo se encontraba un aparato pequeño con montones de cables, que lanzaba una lucecita roja por una pequeña bombilla. << Un chip de localización >>-pensé con rabia, y agité mi mano izquierda, armando el rifle más poderoso que me pudieron acoplar. Con una sonrisa, lancé el chip a lo lejos y lo destruí con una llamarada, desintegrándolo. Volví a la puerta, la abrí igual que antes y la cerré de nuevo. Pulsé el botón morado del lateral de mi bota izquierda y estás se despegaron del suelo. Ya dentro, sonreía mi tutora y guiñé un ojo a Lay, que todavía no se creía todo eso.
-Sólo eran alucinaciones.-Expliqué.-Las bebidas no nos dejan ver obstáculos que colocaron en Fígtex, solo crean dicha ilusión. Seguramente las utilizarían para entrenar a sus pilotos.
-Ninguna persona entrenaría a pilotos en la mejor aeronave del jefazo de Fígtex. Seguramente pensaron que esto podría suceder.-replicó Nora.
-Sí, por eso había un chip de localización bajo el ala derecha.-dije, y me senté al lado de mi tutora, entre Altea y Paula. Acaricié su pelo, negro como el carbón, y me pregunté cómo diablos había llegado a involucrar en esta guerra mágica a dos inocentes muchachas. Me acomodé entre mi amiga y mi tutora y dejé caer la cabeza hacia atrás.
-Hey, tío, ¿tengo que pilotar este trasto yo solo? ¿Y si se estrella y morimos?-preguntó Lay.
-Pues que sea sin ruido.-respondí, y besé en la mejilla a Nora antes de acomodarme de nuevo en mi asiento.-Por cierto, creo que tenéis más habitaciones para hacer vuestras cosas que el despacho del director Tom Brown.
-Nuest...-empezó mi tutora.
-Tus zapatos al revés-corté-, los dos sudados, una marca de pintalabios en la mejilla y el cuello de Lay, la...
-Vale, vale, está bien.-se rindió.
Sonreí y cerré los ojos.
Desperté una horas después. Al parecer, habíamos llegad justo a tiempo, antes de que todo el mundo se despertara. Bostecé y, cuando las chicas y Lay salieron, me arremangué las mangas, agarré la nave y la levanté como si de papel se tratase.
-¿Qué vas a hacer?-preguntó Paula, perpleja.
-Voy a devolverle la nave al jefe.-respondí con tranquilidad y, tras coger aire, lancé la nave con todas mis fuerzas en la dirección de la que habíamos venido.
-Tardará unas horas en llegar a su destino. Por cierto, Lay, ¿quedan plazas para la carrera de Huncks de Berlín?-pregunté.
-Ya estás inscrito.-dijo mi entrenador con una sonrisa en los labios.-Me tomé la molestia en cuanto llegaste.
-¿Qué es juk?-preguntó Paula.
-Se dice hunck. A ver como te lo explico...-empecé. Agité los brazos y un dos segundos tenía una especie de aeronave parecida a la que pilotaba Anakin Skywalker en La Amenaza Fantasma. Ella se quedó atónita.
-La carrera es dentro de cinco horas exactamente, y yo he apostado tres mil pavos por ti, así que más te vale ganar, o te colgaré del pararrayos.-amenazó Lay, que recibió un manotazo en la cabeza por parte de su ´´novia``.
-No deberías apostar.-le espetó.
-No dirás eso cuando me haga rico-respondió mi tutor.
-Eh, ¡yo te conozco!-exclamó Altea, señalando a Lay.-¡Eres Joshep, mi profesor de guitarra!
-Vaya, empezaba a extrañarme que no te dieses cuenta.-dijo mi entrenador con una sonrisa.-Joshep Laimen, Joe para mis amigos.
-Es mentira, para los amigos es Lay, por el personaje loco de una serie de televisión de dibujos animados.-replicó Nora con una sonrisa.
-Bueno, Joe... Josh... Profe... Lay.-dijo mi amiga.-No te reconocí porque estaba dormida, y en las cuevas de donde me habéis sacado, casi no había luz. ¿Cómo es que estabas aquí cuando llegamos? Tuve clase de guitarra el día anterior.
-Bueno, llegué unas dos horas antes que vosotros. Yo fui el que avisó a Abdel de cómo eras, dónde vivías, en cuando descubrí que eras La Elegida, hace tan solo unos meses.
Acaricié el pelo de mi amiga y nos fuimos a dormir.


Trévil sollozó ante el comentario de Iwae. A su lado, Dmitri y Mjaíl, los dos fuertes hombres, ayudantes de la hija de Vanadis, el jefe de Fígtex.
-Pero Iwae, no pude hacer nada, ellos eran más y más fuertes, me encontraron...
-Cállate, estúpido. No sirves para nada.
-¿Qué son esos gritos?-dijo un hombre mayor, bajando las escaleras del sótano hasta llegar al lugar en el que se encontraban.
-Este estúpido ha dejado que Adler y sus tutores se larguen en tu mejor nave con la Niña Elegida y su amiga Paula, y que suelten a los presos.
-¿La Elegida? ¿Mi mejor nave? ¿Los presos? ¡Imbécil!-gritó, pero su alarido de rabia vio interrumpido por una gran masa metálica que destrozó la pared, quedando a pocos centímetros de su cuerpo.
-Qué diablos es esto y por qué los sensores no lo han detect... ¡Mi nave! ¡Mi preciosa y valiosísima nave! Adler, tú y todos tus amigos pagaréis por esto.


El rugido de miles de gargantas, de miles de infantiles artilugios para niños, de miles de bramidos, se oía débilmente desde el gabinete en el que descansaba con los brazos bajo mi cabeza. Aquel era un momento en el que no podía hablar con nadie, ni pensar en nada más que no fuera la difícil carrera por cuyo primer puesto tenía que competir. Con calma, me levanté y caminé descalzo hasta la mesilla. Accioné un pequeño botón y comenzó a sonar una canción sin voz, una mezcla entre blues y jazz, con una guitarra clásica, una eléctrica, un violonchelo, dos violines, un piano y una armónica como instrumentos. Esta mezcla de sonidos lograba una relajación perfecta si se cerraban los ojos y se escuchaba con atención y sin moverse. Me quité la camiseta y, con el torso desnudo y unos cómodos pantalones de lana, alcé un palito de madera y lo encendí con un mechero. Con el palito fui encendiendo varias velas aromáticas y algo de incienso. Coloqué lo preparado en el suelo, encima de la alfombra, después de poner unos papeles debajo para que no se quemara ni se derramara la cera. Formé un círculo en la moqueta con las velas y coloqué el incienso sobre la mesa. Me senté en el centro de la circunferencia en una posición perfecta para para meditar y relajarme, y comencé a recitar unas frases para invocar a la magia. Naturalmente, estaba prohibido utilizar poderes para encantar la maquinaria de hunck. Pero nadie había dicho nada de la mente. Aquel conjuro era el más complicado de los cuarenta y siete hechizos de relajación que había usado en esos momentos. Solo aprenderlo me costó tres meses, y dominarlo, cuatro más. Lo que había era evitar sensaciones como el frío, el calor, la necesidad e comer y de hablar, y daba al cuerpo humano una flexibilidad superior a cualquier otra. Además, relajaba mucho los músculos y el cerebro. Tras acabarlo, tardaba unos quince minutos en comenzar a surtir efecto.
Cuando terminé, sentí como me elevaba en el aire dos metros, llenando mi cuerpo, alma y mente de aquel torrente de magia y, acto seguido, bajé hasta el suelo muy lentamente. Abrí los ojos, me levanté, recogí todo y me vestí con un traje especial para carreras de ese tipo. Salí a la pista, y Altea corrió hacia mí. La carrera estaba apunto de empezar.
-¡Abdel, faltan seis minutos para el inicio de la carrera!-exclamó mi amiga, e hizo amago de darme un abrazo, pero la aparte con un beso en la boca. Un largo beso en la boca. El mejor beso en la boca. Un beso indescriptible y mágico que me revitalizó.
-Cuando termine, te daré esto y más.-dije, y la abracé.
Atónitos, mis tutores me abrazaron.
Entré en el aparato que estaba en el suelo. Aquel trasto sólo era una especie de funda metálica para mi cuerpo y mis brazos de hunck, aparte de tener un pequeño depósito de combustible que se había añadido horas antes, para asegurar la deportividad y que no se usaran trucos ni combustibles propios, eso estaba prohibido, pues se consideraba una treta sucia y una trampa, y se penaba con la expulsión de todos los eventos de huncks.
-...de Hamburgo, Marian Howsky; de Munich, Ronald Bobster; de Hamburgo, Susan Novet; de Berlín, Leonard Rockow; y de Frankfurt, Adler Swatchaky.-terminó el comentarista. Miré mi puesto en la gran pantalla del estadio. Todos los participantes tenían un número. En mi caso, el último, el número trece. Noté como mi conjuro empezaba a funcionar, quitándome el hambre y las ganas de hablar con los demás.
-¡Tres! ¡Dos! ¡Uno! ¡Ya!-anunció, y abrí la boca para dar una última exclamación de ánimo, al tiempo que mi nave salía despedida, en cuarta posición, a unos novecientos kilómetros por hora.
En unos segundos el estadio de Berlín quedó atrás, y ante los trece competidores que controlábamos nuestros vehículos se abrió un túnel gris que nos engulló. Nuestros aparatos estaban diseñados para hacer el menor ruido posible, por lo que solo oíamos el silbido del viento, que tapaba nuestra respiración, en nuestras orejas. El primer susto llegó cuando un piloto, en una arriesgada y agresiva maniobra para adelantar a la conductora que se encontraba detrás de mí, pisándome los talones, aceleró más y se colocó encima de ella. La competidora reaccionó violentamente y se abalanzó sobre la nave, pero giró mal, chocó de lleno contra su contrincante y ambos salieron despedidos a más de mil kilómetros por hora y con una fuerza sobrehumana, chocando contra el suelo.
Miré hacia delante y giré lentamente para esquivar las rocas y los árboles que iban surgiendo a medida que avanzábamos. Delante mío la conductora número doce, en el puesto número tres, frenó su coche por una avería.
Ya habían pasad unos cincuenta minutos, y habíamos dado diez vueltas al largo circuito.
Solo quedábamos seis pilotos, y tan solo seis íbamos lo suficientemente rápidos. Un movimiento brusco del segundo conductor causó una explosión, y vi como saltaba y pulsaba el botón de salvación de su traje en el pecho. La explosión entretuvo varios kilómetros a los contrincantes de atrás. El conductor de la nave que ocupaba ahora el segundo puesto, por detrás de mí, ladeó la cabeza y lanzó un golpe con el ala izquierda que casi me alcanzó. Lo ignoré, pero volvió a hacerlo, y el ala se hundió en el motor de mi nave. Alarmado, di una pirueta, librándome de el, pero me adelanto, y me dirigí en picado al suelo para, acto seguido, pasar por debajo del él. Faltaban unos segundos para llegar al final. Aceleré hasta más no poder, y crucé la línea de meta sin llegar a saber si había vencido a mi rival, porque en cuanto aminoré la velocidad, el motor de la metálica funda protectora que me protegía. Explotó, y sólo vi cómo Altea corría hacia mí antes de desplomarme en el suelo.

viernes, 4 de mayo de 2012

Capítulo 5


Capítulo 7.
Intenté cerrar la conexión antes de que Trévil llegase, pero el último adiós debió de retumbarle en la cabeza, ya que se abalanzó sobre mí y empezó a gritarme y a golpearme. A mi lado, Paula, la única amiga que tenía, intentaba parar a Trévil y atraerme, hasta que, después de unos minutos de dolor, el sicario de Fígtex se alejó de nuestra celda maldiciendo.
-Sí, no les diré nada, si los enemigos vienen, les diré que me encontraron por sus propios medios-lo oí susurrar, como si tuviera un ataque de histeria, hasta que la pesada puerta de la celda se cerró detrás de él.
Me acerqué a Paula y le apreté suavemente la mano izquierda hasta que se calmó. Señaló mi cara titubeando.
-Sí,-empecé a decir-ya sé que tengo muchas heridas, pero tranquila, creo que podré aguant...
-No hay heridas. ¡Desaparecen!-exclamó mi amiga, atónita.
Iba a llevarme las manos a la cara al notar la pequeña chispa que la atravesaba cuando, de pronto, oí un pequeño chasquido tras la puerta, seguido de una carcajada. Al instante comencé a sentir un frescor extraño en la oscura sala.
-¡Maldito hijo de la gran...!-grité-¡Nos quiere congelar vivas!
-Grita lo que quieras, niña, nadie os oirá-sonó en mi cabeza el mensaje telepático de Trévil. Sus carcajadas llegaban débilmente a nuestros oídos, a pesar de la fuerte y pesada puerta de un extraño acero que no pude identificar. Con lágrimas de rabia e impotencia en los ojos, me senté en el suelo, apoyándome en mi amiga y encogiéndome, rodeando las piernas con los brazos. Oí en mi cabeza la lejana voz de Abdel, que parecía decir: ´´Aguanta, Altea, ya vamos``. Tonterías. Sacudí la cabeza. Ya empezaba a tener alucinaciones. Al cabo de una hora apenas me podía mover. Ignoré a Paula y me levanté a gatas, palpando a cuatro patas las frías baldosas de piedra en el suelo, hasta encontrar la pared de enfrente, momento en el que me dispuse a intentar encontrar una grieta o una piedra rota en la pared, así como había visto en las películas. Necesitaba sentirme capaz de salir, capaz de encontrar una palanca o mecanismo secreto que me permitiera irme de allí para siempre, o acabaría volviéndome loca. Durante quince minutos palpé todos y cada uno de los recovecos de aquella maldita estancia, pero aquello no era ninguna película, y estaba claro que nadie, por muy tonto que fuera, querría colocar una salida secreta en una celda para prisioneros. Me volví a acurrucar al lado de mi amiga, que ya se había despertado, y casi me golpeé contra la pared cuando oí lo que parecían ser los gritos de rabia de los guardias de detrás de las mazmorras, allí por fuera de la gran estancia en la que se encontraban nuestras dos celdas. Algo o alguien intentaba entrar en la zona de las celdas, pero yo ya no podía protegerme, ni a mí ni a Paula. Algo golpeó la puerta, causando un gran estruendo, respondido por un gesto de afirmación silencioso de Paula. Ambas nos separamos y nos ocultamos en dos de las cuatro esquinas a la izquierda y derecha de la pared, listas para saltar, correr, o hacer cualquier movimiento que pudiera salvarnos, desde donde no llegaba la luz. Al instante sonó el segundo golpe, igual de potente que el anterior, pero me llevé un gélido dedo a la boca pidiendo silencio a mi amiga. El tercer y más fuerte golpe derrumbó la puerta, levantando una gran nube de polvo que impidió la vista durante unos segundos. Segundos en los que me pareció ver dos grandes brazos metálicos apuntando grandes y poderosas armas hacia el centro de la celda. Unos brazos bastante familiares.
-¡Abdel! ¡Has llegado!-exclamé, aunque mi grito de sorpresa fue interrumpido por él, que indicó silencio con un dedo. Pero no me importaba, porque la persona a la que amaba había venido a salvarme del gran castillo lejano, cubierto de fuego y custodiado por un terrible y gigante drag... espera... ¿el hombre al que amaba? Sacudí la cabeza alejando de mí esos sugerentes pensamientos y corrí a refugiarme entre sus brazos.
El chico de al lado corrió hacia el lugar donde se encontraba Paula, aunque no hizo más que levantarla y sacarla fuera de la celda. Supuse que sería el espía que le daba comida a diario. Sonreí y noté los fríos dedos, ahora cálidos y humanamente carnosos de Abdel, acariciándome el pelo y la cara. Me di cuenta de que no había musitado una sola palabra en el tiempo en que llevaba con él, y deduje que había más de un oído discreto escuchando nuestros planes. El espía señaló a los guardias inconscientes y los empezó a meter en la celda de enfrente, la que no tenía la puerta destrozada, y comenzó a cerrar la puerta con una de las numerosas llaves que los guardias llevaban en el cinturón. Advertí que dejaba las llaves encajadas en la cerradura. Seguramente sería para impedir que los soldados pudiesen salir y dar el chivatazo a los demás tan fácilmente.
Anduve lentamente hacia la entrada, pero apenas me quedaban fuerzas para moverme, y me hubiera estrellado contra el frío suelo de no ser porque mi compañero me agarró fuerte pero suavemente y me subió sobre su espalda con asombrosa facilidad. Allí todo era muy oscuro, y había ratas que chillaban en todos los rincones y una pequeña araña verde de ocho patas segregaba su tela cayendo de los goznes de la puerta. Unos guardias llegaban montados en unos bichos gigantes. Estos tenían una gran dentadura blanca como el marfil, una joroba no muy grande en el lomo y el cuerpo totalmente lleno de pelo y escamas parecidas a las de un pez, pero mucho más resistentes. Carecían de ojos y orejas, y sus garras parecían cuchillos, tan largas como sus grandes dientes. Eran, en su mayor parte, negros, pero había rayas rojas surcando su cuerpo. Tampoco tenían nariz. Abdel levantó un brazo y lanzó una llamarada hacia ellos, que calentó un poco la sala. Ellos no se inmutaron. Los guardias, intimidados por la seguridad y el poder de mi amigo y las bestias sobre las que iban montados, desmontaron a toda prisa y huyeron sin mirar atrás. Las bestias no hicieron nada por impedirlo, y observé alucinada cómo sus garras encogían. Abdel volvió a levantar el brazo y disparó una especie de proyectil enano que que sobresalió de encima. De nuevo, un extraño clima inundó la sala, pero esta vez los dos grandes seres se apartaron de un salto hasta quedar agarrados a las paredes, con mi amigo y el novio de Paula entre ellos. Me di cuenta de que las bestias tenían una especie de membranas debajo de las pequeñas jorobas. Seguramente podrían olernos por ahí. Me bajé de los hombros de Abdel y desmoté a Paula de los de el espía, dejándola en una esquina, al lado de la celda, cerrada con más fría piedra, con cuidado de no tropezarme con ninguna de las piedras ni trozos de metal que había esparcidos. Me senté al lado. Las dos bestias intentaban matar a zarpazos a mis amigos, pero estos respondían con golpes. El problema era que aquellos bichos podían apartarse a tiempo para esquivar y atacar más rápido, y aquello era muy difícil, realmente complicado. Parecían saber en qué momento llegaban las acometidas de Abdel y el novio de Paula. A causa de un zarpazo de una de las bestias, la estancia tembló, y un golpe de Marc se encajó en las mandíbulas del extraño ser, lo que ocasionó que ésta retrocediese, lleno de dolor y rabia, para que, acto seguido, volviese a la carga con más fuerza que antes. Mientras tanto, yo palpaba las piedras intentando sentir más pequeñas descargas de electricidad como las que noté cuando se me curaba la cara. Con una piedra en la mano izquierda, atenta siempre a los movimientos de las horribles bestias, tomé un barrote de los muchos que había esparcidos por el suelo, intentando calcular su resistencia, y pensando que, en caso de emergencia, lo podía usar como arma. Me entretuve un rato intentando doblarla, sabiendo que era imposible. De pronto, un chispazo movió mi mano izquierda, y la piedra que empuñaba dicha extremidad envolvió el barrote, dejándome alucinada. Moví el brazo, pero la piedra y el barrote no se separaron. Toqué la superficie pétrea del pedrusco y saltaron unas chispas. La piedra se había alisado por el paso de mi dedo. Maravillada, toqué en más sitios de la roca hasta lograr improvisar un gran martillo. Pero seguramente no serviría de nada, y lo comprobé cuando miré hacia enfrente y me topé con la mandíbula de uno de los animales a cinco centímetros de mi cara. Conseguí reprimir un grito por el simple hecho de que el aliento de aquel ser me impedía abrir la boca. Al final de la sala se encontraba la otra bestia, rugiendo y golpeando el suelo. Parecía que la otra la entendía, y entonces lo comprendí todo. Al temblar la sala hacía diez minutos, se habían desorientado, y mis amigos pudieron golpear a una sin que esta se anticipase a sus movimientos. Se comunicaban mediante zarpazos en el suelo. Ahora lo tenía todo claro. No podían escuchar nuestra voz, solo olernos y adivinar dónde estábamos por las vibraciones de la superficie que pisaban.
La boca del animal se acercó más a mi cara, y me aparté lentamente sin apenas mover mi cuerpo.
Un estruendo sonó al final de la sala, y vi distorsionadamente cómo un hombre que no era Abdel ni Marc golpeaba a la segunda bestia en la cabeza, haciendo que esta se estrellase contra la pared, cayese al suelo inconsciente e hiciese temblar la sala de nuevo. El animal que se encontraba a pocos centímetros de mi cara rigió y se dio la vuelta, y fue entonces cuando, cegada por mi instinto, me levanté rápidamente y golpeé un martillazo en la cabeza a la bestia con una asombrosa fuerza. Al instante esta se desplomó en el suelo levantando polvo. El desconocido entró en la estancia seguido de una joven de unos veinte años, más o menos como él.
-Os estaba esperando.-dijo Abdel, sacudiéndose el polvo de los brazos. La joven se encogió de hombros.
-Nos costó encontrar esta habitación entre todas las de las mazmorras. ¿Es esta la chica que te acompañaba?-preguntó-Parece lista.
-Lo soy. Pero no entiendo qué diablos hacéis aquí, ni dónde estoy, ni quiénes sois.-respondí, encogiéndome de hombros.
-Son mis antiguos entrenadores, Nora y Laimen, Lay para los amigos. Vinieron conmigo. Pero ahora tenemos que salir de aquí. Ven, vamos, pareces agotada. Marc, lleva a Paula. ¿Marc...? ¡Marc!-gritó, pero él había desaparecido.
-Tendría que irse. Podemos causarle problemas.-dijo Nora, y me ayudó a coger a Paula hasta que pude colocarla en la espalda de Lay, y después a subirme a la espalda de mi amigo. La joven musitó unas palabras y agitó un brazo.-Es para camuflar nuestra energía y nuestra temperatura ante los sistemas de seguridad.-explicó.
Caminamos silenciosamente a lo largo de las distintas habitaciones con celdas tras salir de la estancia. Nora iba abriéndolas todas y dejando sueltos a los prisioneros, que seguramente eran totalmente inocentes. Llegamos a una marca en la pared y Abdel descargó un puñetazo sobre ella, formando un gran agujero y rompiendo gran parte de la pared y abriendo una salida hacia el exterior. En vez de salir, mi amigo cambió de dirección y se quedó unos segundos frente a un punto rojo pintado en la pared de su izquierda. Posó su mano izquierda y una gran puerta se abrió ante nosotros. Nos adentramos en un cúmulo de pasadizos llenos de antorchas. A cada lado se encontraban tres espejos apuntando a distintas direcciones.
-¿Para qué sirve esto?-inquirí.
-Para comunicarse rápidamente. Depende de las señas que se hagan con las antorchas de las paredes, las personas que se hallen a mucha distancia de un punto sabrán en menos de un segundo si ocurre algo en los pasadizos. Antaño, esto fue un refugio para aquellos que no se doblegaron al poder de los dictadores.
Asentí, no muy convencida, pues si había antorchas encendidas sería porque no estábamos solos. Pero había visto dos horribles monstruos, había creado un martillo con mi propia magia y había volado con Abdel. Empezaba a acostumbrarme a cosas que no sucedían normalmente. Mi amigo siguió avanzando conmigo sobré él, durante treinta minutos más o menos. Allí había una salida, comprendí, al ver la luz que se filtraba entre los salientes rocosos. Pero el montón de rocas parecía irrompible. Mi amigo y sus tutores siguieron avanzando. Nora desapareció al darse de frente contra las rocas, al andar hacia delante.
-¿Pero qué...? ¡La pared rocosa se la ha tragado!-exclamé, pero no pude evitar que los cuatro fuéramos engullidos por la pétrea superficie.
Respiré aire muy fresco, y abrí los ojos. Estábamos en un campo oscuro y lleno de hierba.
-¿Cómo hemos atravesado las rocas? ¿Por qué venimos por aquí?
-Las rocas eran hologramas muy convincentes que calentaban el aire y hacían que la temperatura de los pasadizos no disminuyese. Por aquí cerca se haya el almacén personal de naves aéreas de Vanadis, el presidente de Fígtex.-respondió Lay con una sonrisa, y echó a andar con cuidado de no hacer movimientos bruscos con Paula dormida a su espalda.
Al doblar una esquina, se irguió ante nosotros una grandísima cúpula de cristal. Unos guardias, alrededor de veinte, vinieron a por nosotros, pero en dos minutos mis amigos acabaron con ellos, dejándolos en el suelo inconscientes. Nora sacó un pequeño saquito de uno de los compartimentos de su peculiar cinturón y esparció parte de su contenido por una pequeña parte de la superficie de cristal. Esperó unos minutos y los polvos que había sacado del saquito se esparcieron por todo el cristal y comenzaron a hacer desaparecer la superficie sin hacer nada de ruido. Observé como Abdel sacaba una navaja algo grande del bolsillo del pantalón de Nora y, antes de que me diera cuenta, la abrió y la empezó a deslizar el filo por las perfectas naves. Pobre del dueño. Al fin llegamos a un círculo desprovisto de aparatos exóticos y caros, salvo la magnífica aeronave, no muy grande, que se encontraba en centro del círculo. Estaba decorada con miles, millones de negros y diminutos números, y daba dolor de cabeza. Nora fue la primera en entrar, seguida por su compañero, y Abdel les siguió con cuidado de que yo no me diera en la cabeza con la parte superior de la puerta. Aquel aparato era muy espacioso, y pronto estuvimos todos sentados en los cómodos asientos. Paula y yo en la parte de atrás, con Nora al lado por si necesitábamos cualquier cosa, y Abdel y su tutor delante, para pilotar la nave. Este último pulsó el botón de arranque y la nave salió despedida por los aires, sin hacer ruido. Ni siquiera Paula se había despertado.

viernes, 17 de febrero de 2012

Capítulo 4

—Te he echado de menos—.dijo Sanne, esbozando esa sonrisa de zorra que tanto odiaba yo, y rodeándome con unos brazos que hacía meses, exactamente un año y medio, que no lo hacía, desde el momento de mi partida para buscar aventuras, carreras de Huncks y muchas otras cosas a las que dedicarme en solitario.
Nora negó con la cabeza. Asentí, pensando en Sanne, mientras ella se iba. Nuestra historia acabó a los trece años, cuando llevaba un año saliendo con ella. Se comportaba—o mejor dicho, empezó a comportarse—de un modo egoísta y arrogante con los demás. Nos enfadádamos mucho, demasiado. Y, un día, decidí cortar con ella. Pero aquello no cambió en absoluto la actitud de Sanne.
En ocasiones, ella me recordaba a alguna de esas viejas amargadas que gritaban a los niños tirándoles huevos y piedras o amenazándoles con una escoba cuando los veían jugando a Nookt en su jardín.
El Nookt era el nombre que los adolescentes modernos le habían dado a un juego de cinco en el que un base tiraba una pelota de metal con todas sus fuerzas a una casa que estuviese a ciento cincuenta metros, daba igual más o menos, dependiendo de lo acordado. El sistema de protección robótico intentaba captar la velocidad exacta del ´´intruso peligroso``, que iba contra la pared con fuerza. Y, mientras, los dos equipos, de dos personas cada uno, intentaban atraparla, a veces llegando a casa con un ojo morado o un dedo o brazo roto. Pero la mayoría de la gente normal veía estos juegos como un modo de jugar en equipo.
Me quedé hablando un rato más con Nora, sobre todos los acontecimientos que habían sucedido en los últimos diez y ocho meses. Al parecer, no se sorprendió de que Altea hubiese ido conmigo hasta el aeropuerto El Prat.
—Nuestro espía, Marc, nos avisó de que vendrías con la Elegida, aquella que lograría, junto a ti, destruir la sede de Fígtex para terminar con toda esa gente maligna. También aseguró que los matones de Fígtex te buscaban. Y también los servicios secretos franceses. Y todos ellos, para acabar con vuestras vidas.—explicó.
—¡Diantre! ¿Los servicios secretos? ¿Todo Fígtex? Caramba, debo de haber causado impresión en muchos lugares—.
—Por todas partes se habla del muchacho que destruyó la fábrica de explosivos militares de Fígtex hace un año. Nunca te encontraron, pero estuviste genial en esa foto que enviaste a propósito—.
—Salió en todos los titulares.—respondí, orgulloso.
—Y estabas muy guapo—señaló ella, haciendo que me sonrojara un poco. A decir verdad, Nora, a sus veintiún años, era una mujer extremadamente guapa. Ni alta ni baja, algo delgada, y una melena rubia algo ondulada contrastaba con sus bonitos ojos azules. Y estaba seguro de que había mucha química entre ella y Laimen, mi entrenador, había algo más que química. Siempre que podían, se juntaban para hacer misiones, y extrañamente en ninguna les tocaba separados.
—Bueno, vamos al grano.—prosiguió ella, dándome un pequeño golpe con su codo en el antebrazo.—Tienen a la mejor amiga de Altea—.
—¿Paula?—inquirí. La había visto con Altea cuando estudié a ésta durante unos días antes de conocerla.La verdad, era una buena chica. Unas gafas azules hacían más bonito su rostro. Era tímida, pero se volvía bastante suelta y salada con casi todo el mundo en cuanto los conocía. Era más o menos de mi edad, creo que un año o dos más mayor que Altea.
—Exactamente.—respondió ella.—Y parece ser que ese gilipollas engreído de Marc siente algo de afecto hacia ella.—dijo.
Suspiré. Nunca me había caído bien ese tal Marc. Es más, detestaba hablar con él. Era un arrogante, un egoísta y un chulo. Pero bueno, hacía bien su trabajo.
—¿Algo más?—pregunté, bostezando por lo bajo.
—Sí.—respondió.—Marie… murió hace unos meses—.
—¿Murió? ¿Por qué?—.
—Dicen que se negó a delatarte.
—No, imposible, ella un pudo morir así, no por mí—.
—Ella lo eligió. Eligió morir. Y murió en combate. Ella quiso dejarte paso a ti. Sabía lo que hacía, y por qué lo hacía—.
Bajé la mirada, algo triste por la gran pérdida que era la muerte de Marie. Ella llevaba más de treinta años causando bajas de todo tipo en el bando del enemigo. Pocas veces luchaba, porque la competencia en materia de ciencia tan avanzada, armas de luz y magia no debía llevarse demasiado a la ligera, por motivos de seguridad. Pero innumerables veces había pirateado y destruido los sistemas informáticos de Fígtex. Varias veces estos se habían levantado de la cama, habían encendido las pantallas de sus ordenadores tan avanzados y habían visto la cara de la mejor luchadora de Traksat sacando la lengua en dirección a los agentes de Fígtex. A sus cincuenta y tres años, había decidido morir por su causa. <<Pero bueno >>, pensé en silencio-<<Ella no habría querido que nos sintiésemos tristes. Habría hecho beberse una cerveza a cualquier robot para animarnos >> dije para mí mismo con una sonrisa en los labios.
—Creo que me voy a la cama.—dije, y me acerqué a Nora para darle un beso en la mejilla. Agarré el picaporte de la puerta con tanta fuerza que, sin desearlo, la arranqué, provocando una potente risa de mi entrenadora. Entré en la estancia profiriendo maldiciones y galimatías y sellé la puerta con un hechizo.
Abrí la puerta de mi nuevo armario y saqué lo que parecía uno de esos cómodos chándales, que me serviría de pijama para dormir. Sentado en la cama, recordé las almenas, y la parte especialmente cálida que habíamos diseñado Nora, Laimen y yo para refugiarnos cuando hacía frío y no queríamos encontrarnos con el Jefe, Tom Brown.
Me levanté de un salto, y salté hacia la ventana, impulsándome con el pie para lograr agarrarme a la roca del castillo, hasta que, tras varios minutos de acrobacias por el gran castillo, del que muchos territorios estaban sin explorar, incluso la especie de pueblucho que parecía haber habido encima de él, logré encontrar la cavidad con la roca.
—¡Nao!—exclamé, y se abrió, encendiéndose una luz. Aquella era la clave para entrar. Nadie hubiera pensado una más corta, ¿no?
Me metí en una pequeña cama en la que había varios calcetines, seguramente de Nora o Laimen, y sobre los cuales había un pequeño minibar que conectaba directamente con la cocina, pudiendo coger prestados algunas bebidas que dijésemos en el acto para poder beber o incluso comer algo. Encima del minibar, una televisión de pantalla LED de última generación, en tres dimensiones, como todas. La puse, sintonicé el primer canal que vi. En él, se veía a Brian Johnson cantando junto a los demás integrantes del grupo AC/DC.
Sin darme cuenta mi mente comenzó a divagar por ahí, recordando los lugares que había visitado. Portugal, España, Andorra, Francia… de pronto sentí la fuerza mental de Altea con total claridad, y me llevé tal sorpresa que casi me caigo de la cama. Ese tal Trévil debía de haberse descuidado con la conexión telepática de su cautiva.
<<Hola >>susurré, divertido.
<<¡ABDEL!>> exclamó, pensado con tanta intensidad que me pitaron los oídos.
<<Shh, habla más bajito, que me va a explotar la cabeza si sigues así.>> dije.
<<Pero…, ¿cómo? ¿Dónde estás? Te siento lejano>>.
<<Bueno, lejos, bastante lejos de ti. En Heildenberg. Tú debes de estar en algún pueblo o ciudad del noroeste de Francia.>> dije mientras me rascaba la cabeza..
<<Posiblemente, porque aquí todos hablan francés. Todo es oscuro, Abdel, y tengo fiebre, y me duele el cuerpo, y estoy con Paula, mi mejor amiga… >> explicó, preocupada.
<<Shhh… tranquila, iré a salvarte en cuanto pueda. Escucha. Prepárate para todo. Cuidado, que viene Trévil >> aclaré, y corté la conexión sin que este último se diese cuenta.
Me levanté de un salto, desplegué mis brazos y de el salieron unos pequeños turbo propulsores que consiguieron que entrase por la ventana sin causar ningún daño en ella. Corrí hacia la habitación del jefe de Traksat, Tom Brown, que me abrió a regañadientes.
—Mire, señora Abbot, me da en la nariz quién diablos roba esa maldita comida en las cocinas durante la noche, pero…—. ¡Adler! ¿Qué haces aquí?—preguntó.—Más te vale que el motivo por el que me hayas despertado sea importante, porque te juro que si no lo es, te cuelgo por las orejas de las almenas—.
—Es sobre Alt…—.
—Calla y entra en mi despacho, que vas a despertar a todo el mundo.—susurró en voz baja, entrando en la pequeña pero aprovechada estancia, donde se encontraban mis entrenadores, manejando y guardando algunos papeles. Observé los pelos de loca de Nora y la cara sudorosa de Laimen, y cómo éste se pasaba la mano por los labios para quitarse una pequeña mancha roja. Iban a marcharse, pero Tom los detuvo con un movimiento de la mano.
En ese momento sonó el teléfono, y mi jefe comenzó a tocar el gran holograma que había aparecido frente a él, escogiendo los destinatarios y receptores de su pequeña charla. Nora aprovechó ese momento para cambiarse el zapato izquierdo por el derecho, colocándoselos bien. No parecía estar muy adormecida como para haberse olvidado el lugar de cada zapato.
—Adelante.—dijo Tom, cuando terminó de hablar y deshizo el holograma con la mano.
—Verá. Es que se trata de Altea. Ya sé dónde la tienen presa—En el noroeste de Francia, exactamente en Bretaña. Seguramente no se esperarán un ataque ahora mismo—.
—¿Una operación de rescate? ¿Y cómo, si puede saberse, vas a encontrar a quien quiera ayudarte en esto?—.
—Señor.—interrumpió Laimen—Nosotros vamos. Los tres solos bastamos para rescatar a la chica y a su amiga—dijo. Seguramente Nora le había contado todo.
—Entonces, creo que ya estáis tardando.—dijo para terminar, y se marchó a su cama.
Me levanté, junto a mis entrenadores, y corrí hacia la sala de equipaje. Me puse un chaleco bastante resistente y me abstuve de surtirme de armas de fuego, para eso estaban mis brazos. Sin embargo, encajé dos cuchillos de filo muy afilado en cada bota. También cogí un pasamontañas, un aparato con auriculares para comunicarme sin riesgo de que pinchasen mis pensamientos, y una linterna bastante potente con la batería totalmente cargada. Me puse unos guantes metálicos que se adhirieron a mis manos, y juntos, saltamos por el balcón, agarrándome por la cintura mis instructores, mientras activaba el botón de máxima propulsión en mi brazo izquierdo.
<<Aguanta, Altea, ya vamos.>> dije como último pensamiento de aviso a esa amiga por la que empezaba a sentir algo especial.